Noticia del 10 de julio de 2007 de Vanguardia.com

Trazos de vida, una obra sin restricciones
PAOLA BERNAL LEÓN
Frente a las obras no había ninguna diferencia, salvo los colores y las figuras que se adherían al lienzo.
El espectador que disfrutaba de la exposición no lo sabía. Allí sólo se veían contrastes de colores en las flores, los bodegones, los caballos y paisajes naturales, producto de la imaginación y creatividad de 12 artistas principiantes de la ciudad.
Pero detrás de cada obra artística estaba la vida de los alumnos del maestro Jaime Alba.
No importaba la edad.
Las manos de Magdalena Páez de Parra, a sus 93 años, se dejaron seducir por el arte.
Después de perder a su esposo, el músico Parra, con quien compartió 71 años de matrimonio, llegó la depresión, pero en el arte encontró un nuevo aliento, dice el maestro.
“Ahora me dice que no deje de visitarla a diario porque se muere”, relató Alba.
Los paisajes la desvelan entre pinceles y óleos.
Me gusta ese reto
Así comenzó la vida de Javier Alejandro Jiménez, como todo un reto. Su mamá, Luz Adiela Hernández, tuvo que enfrentarse a un parto difícil y a pesar de requerir cesárea, el médico no la hizo a tiempo. Le faltó oxígeno al cerebro.
Poco a poco fue pasando el tiempo entre experiencias. Javier Alejandro ya tiene 24 años.
“Al principio fue difícil, pero él a pesar de su parálisis es un niño normal y muy inteligente, vive sonriendo, entiende todo y nosotros aprendimos a comunicarnos con él a través de su mirada, su único problema es motriz”, expuso Hernández.
Javier vive en La Floresta, con sus dos padres y sus tres hermanos, todos hombres. Él es el mayor y ya se graduó de bachiller.
Estudió su primaria en el IPA y luego pasó a realizar quinto primaria y bachillerato en el colegio Parque Ecobiológico, un colegio normal para niños sin discapacidad.
Su mamá lo acompañó durante medio año a recibir sus clases, mientras los profesores y compañeros aprendían a entenderle lo que quería decir con sus ojos.
“Para la rectora también fue un reto recibirlo. Un día pasaba por allí y vi a los niños en una clase de arte aprendiendo a pintar con el pie, los profesores querían mostrarles a los estudiantes lo difícil que era. Fue así como me acerqué a la rectora para comentarle sobre mi hijo y aceptó su ingreso a la institución”.
Así pasaron los años escolares para Javier Alejandro. Sus compañeros hombres lo ayudaban a trasladar de sitio y las niñas le daban su alimentación.
“Sí, él es muy consentido. También es muy coqueto y enamorado. Se da a querer demasiado, juega play con el pie izquierdo, le encanta salir, la música y por supuesto, pintar”, indicó Hernández.
Después de recibir su grado en el 2002, empezó a recibir clases de pintura y hoy lo sigue haciendo con una pasión incansable, de la mano del maestro Jaime Alba.