INVITADA ESPECIAL


Soy Zandra Montañez Carreño, de origen santandereano, aunque nacida en la ciudad que está más cerca de las estrellas. Vivo desde hace veintidós años en España pero sigo tan colombiana como el día en que nací. Soy enfermera de profesión y escritora por devoción.

Puedo ofrecerles Nanas, poemas para niños, poemas costumbristas y cuentos.

Me encanta ver como crece la cultura en Colombia que hay intercambio cultural con pueblos del mundo y, que a pesar de los metros de cielo y agua que nos separan, podemos estar unidos por las palabras.

Desde la ciudad de la luz y a lomo de ola, les envío mi mejor abracito de trapo,

Zandra Montañez Carreño

http://www.7calderosmagicos.com.ar/Autores/BiografiasA2/zmc.htm

ZANDRA ha querido compartir con nosotros un lindo cuento creado especialmente para la Fundación Unicornio y para los lectores de www.ladiscapacidad.com

Esperanza y las voces del silencio

Casi ningún niño del barrio quería ser amigo de Esperanza, la niña de profundos ojos azabache y melenita cortada muy recta al borde de sus orejas. Siempre tenía una sonrisa dibujada en su cara color canela y parecía soñar cuando miraba extasiada a todos los niños jugando en el parque.

Había nacido igual que todo el mundo, tan sólo, en su menuda figura algo no estaba completo y no escuchaba los sonidos como los demás.

Únicamente Andrés, el pequeño de los hermanos Ramírez, el pecoso niño de alocados rizos, era amigo de Esperanza y la defendía con garra de las burlas y ataques del resto de niños.

No pudo entrar en el colegio del barrio y entonces, sus padres, la llevaron a uno de integración que aunque les quedaba más lejos, si contaba con profesorado especializado para atender las necesidades de algunos pequeños.

Esperanza era una niña muy inteligente y aprendía con rapidez, parecía devorarse el mundo con los ojos y con sus manos de mago hacia figuras que volaban como palomas con las que hablaba a su familia y a su querido amigo Andrés.

Pronto, su amigo, aprendió el lenguaje de los signos y los dos pasaban las horas hablando y riéndose lindamente de la vida. Jugaban con la pelota, coleccionaban cromos de las chocolatinas, compartían golosinas, juegos y vida al son de los signos y al compás de las miradas de quienes saben escuchar las voces del silencio.

Una tarde veraniega, en plenas vacaciones de mitad de año, un grupo de niños quisquillosos, molestos tal vez, por la alegría de Esperanza y Andrés que vivían ajenos a sus requiebros abordaron a la niña con una letanía de repugnantes y odiosos reproches:

_ ¿Cómo te llamas, acaso puedes decirlo?

_Tú no eres como nosotros y te tratas con Andrés Ramírez porque es bobo…

_Qué son esos mamarrachos que haces con las manos ¡¡serás tonta también!!

Esperanza con un par de goterones cristalinos, casi al borde del profundo precipicio de sus inmensos ojos negros, atinó a lanzarles una espléndida sonrisa y Andrés, su fiel Sancho Panza, le plantó cara al grupo de intolerantes muchachitos.

_ ¿Qué saben ustedes de mi amiga que no sepa yo?

Y el silencio vino como un hada de hielo para aplacar la crueldad.

Andrés hizo algunos signos con sus manos y Esperanza los contestó con muchos signos y con miradas intensas.

Y en aquel momento, el chico, se convirtió en el mejor intérprete del mundo y transmitió con toda la emoción de su voz infantil el siguiente mensaje de su amiga:

“Mi nombre es Esperanza, significa confianza y promesa.

Dicen mis padres que quiere decir ilusión como la que tienen los prados verdes de los parques, valles, árboles y montañas. Como el verde de las aguas en los lagos o en los mares.

Mi nombre es verde como la sabia que nutre a las plantas y les da ese color esperanza.

Andrés es el mejor amigo que nadie haya tenido jamás, porque sabe hablarme a los ojos.

Yo sé todas las palabras del mundo porque las leo cuando miro fijamente a las personas y veo sus labios y sus gestos.

Puedo leer todo porque en mi colegio me han enseñado los maestros y amigos como Andrés, que siempre me ha regalado su cariño sincero y su amistad tan bonita”

Aquellos chicos se fueron marchando uno a uno…y la vergüenza que sentían, parecía una larga sombra pegada a sus pasos.

Esperanza y Andrés siguieron en el parque un rato más jugando en los balancines.

La vida continúo sin grandes cambios. Los dos niños crecieron y terminaron sus estudios, cada uno en su colegio y tan amigos como siempre.

Esperanza estudió Educación Infantil, se especializó en Lenguaje de Signos y empezó a trabajar en su antiguo colegio como maestra de niños con dificultades. Por su parte, Andrés, se convirtió en Ingeniero de sonido y lo contrató una casa disquera muy importante. Cada uno hizo su vida pero su amistad continuó siendo fuerte como el acero y firme como la roca.

Una amistad que nació en la mirada fija, en la interpretación de los sentimientos, en la confianza de compartir sueños, una amistad que sabía leer los labios y los ojos, que escuchaba con devoción el silencio…una amistad nacida en la esperanza.

© Zandra Montañez Carreño

Febrero 10 de 2008